Todo empezó con un montón de piedras haciendo de pared torcida en un pajar centenario. Ese fue el origen de este alojamiento rural en Aoslos, un pueblo pequeño en la Sierra Norte de Madrid. Yo nunca pensé que acabaría contando esta historia (no estaba en mi “visión vital”, la verdad), pero aquí estoy, escribiendo sobre nosotros.
Lo dicho: esa pared, esa maldita pared torcida, no dejaba cambiar el tejado, que estaba hecho un cuadro. El emprendedor número uno de la familia, mi marido, soltó: «tiramos el pajar y hacemos una casa rural». La emprendedora número dos, mi madre, remató: «qué buena idea». Y la pringada principal de los tres, o sea yo, que muy digna dije «me niego a construir nada», terminó haciendo papeles, permisos y lidiando con la obra.
Construir una casa es, oficialmente, un rollo monumental. Yo, como buena Aries, he tenido el cortisol a tope… muchas veces, dejémoslo ahí. Ha sido un tira y afloja constante con el proyecto: días de amor loco y días de “esto está maldito” y “¿quién me mandaría a mí?”.
Al final la casa se terminó… y yo me quedé sin batería. No fue hasta que un hombre del pueblo me dijo que yo era “muy de raíces” que caí en que soy hija, nieta, bisnieta… de aosleñas, y con esta casa tenía la oportunidad de enseñar a quien venga todo lo que ofrece un pueblo pequeño de montaña. Ahí empecé a reenamorarme del proyecto.